A unas horas de mi muerte, miro el vacío y siento como todo cobra sentido. La enfermedad me ataca y no quiero más que ir a descansar; mis ojos se cierran. La obscuridad nunca hizo tanta falta. ¡Tanta luz me mata lentamente! Y es verdad, a la luz, la muerte es más tortuosa y ajena. Ya no podía más con la vida y mucho menos con la muerte que me decía, tranquila en el sillón: "Escribe tu último párrafo".
¿Escribir mi último párrafo? - me dije mirando al espejo- "Pero sí mi mano derecha a penas puede cerrar el puño para maldecir. Muerte, tendré que dictarte". Ella estaba desconcertada y titubeante. No quería, temía que me diera cuenta que no sabía escribir.
-"No lo haré. Es mejor que busques cómo hacerlo".
-"Ya sé que no sabes escribir- le dije- pero yo puedo enseñarte".
-"Eres astuto, le robas tiempo a la vida. Pero yo soy la muerte y no podrás".
-"Entonces dale un poco de vida a mis dedos".
Me tocó y comencé a escribir. Al primer renglón mis dedos estaban fríos y entumidos, así que los froté. La pluma era muy pesada; en realidad no quería morir. La muerte en su rincón seguía mirándome, como esperando un movimiento en falso para levantarse de un golpe y no darme más oportunidades. Ella era muy impaciente y muy necia. No entendía el por qué me daba ese privilegio, el cual no quería. No sabía como usarlo. Estaba confuso en como comenzar; decidí pensar en el título. Pero esta vez no estaba escribiendo por encargo, no podía atener mis letras a un par. Entonces le dije: "Muerte, yo sé que estás esperando que escriba algo fantástico y realmente divino como tú. No podré está noche ni la siguiente. Estoy enfermo, debes entender que los enfermos no sabemos escribir ni leer. No sólo eres divina, Muerte, también estás enferma y por eso no sabes escribir; estás enferma de amor por mí y los que son como yo. Debes dejarnos morir como los locos que decidimos ser; solos como entendimos que debemos vivir. Hoy estás aquí, mientras otros te esperan convalecientes. ¡Ve por esos enfermos que quieren morir para poder leer de nuevo! ¡Ve por esas almas lectoras y deja a nosotros los locos vivir para ellos!".
Me estaba volviendo loco, mi frente estaba ardiendo y el dolor era increíble. Lo que unas horas antes me tenía frenado ahora me mataba: las ideas. Todas ellas queriendo salir al papel; todas empujando y gritándome. No las pude contener, era un ser débil contra ellas, mi mano no obedecía a mí, sino a ellas. Escribí sin parar, un renglón tras otro. Como queriendo terminar pronto; como si ellas sufrieran mi vida por terminar. Fue cuando escuché sus gritos con claridad: "¿No vez a ese pobre enfermo? Es mejor que te hagas a un lado, cursi Párrafo de la Infancia, no podrás vencer a la muerte. Debemos hacerlo con fuerza para que no pueda detenernos. Tenemos un plan, cursi Párrafo de la Infancia, tenemos un plan". Ese, quien comandaba a mis ideas era el Párrafo del Recuerdo. Ese al que nunca le presté ni una linea de mis escritos. Ese párrafo desechado por su fealdad. Él siempre me amo y ahora temo que su plan sea entregarme. ¿Acaso su amor es tanto que me dejará morir con un punto final? ¿Acaso su amor va más allá de la vida y muerte que no le interesa que pase esta noche?
Comencé a reír como un niño. No paraba; la muerte estaba incierta y muy molesta me gritó: "Basta ya, Jaime, no te daré más consentimientos. ¿O es qué no quieres ya escribir? Está bien, eso es lo que quieres te llevaré de una vez con los demás muertos. Allá donde podrás leer lo que nunca escribiste". Sus palabras me dejaron helado. Tenía miedo, jamás pensé que enfrentaría mis temores sin antes engañarlos para poder encerrarlos entre tinta y papel. "Muerte, perdóname, quería engañarte. ¿Pero cómo un simplón escritor te iba engañar? ¡Pero que rayos, soy un hombre con ideas y es momento de que las ponga aquí! No me iré sin escribir mi último párrafo. Pero antes, quiero proponerte un trato. Sin juegos ni trampas: si te gusta mi texto, tú tendrás que llevarme contigo a cuestas por siempre. De aquí a allá; día y noche. Aprendiendo como ser la muerte. ¡Quiero ser esa pesadez! ¡Quiero ser vida! ¡Tu vida, Muerte!". La vieja no sabía que hacer, de nuevo su problema de lectura la tenía contra la pared: "¿Y si no me gusta?", preguntó con voz quebrada. Sabía que esa pregunta vendría, pero no tenía la respuesta. "Entonces me llevarás con los muertos. Pero sería justo que las cosas fueran iguales, ya que yo podría ser tu vida, yo quiero que seas la mía. Ya sé que es imposible, que tú, la reina del llanto de las viudas, pueda ser mi vida, pero es un trato que debes aceptar o todos creerán que sólo eres huesos, sin credibilidad y ya nadie te creerá. Nadie morirá otra vez".
"Pero sí ahí estás traidor", le dije al Párrafo del Recuerdo mientras lo tomaba del cuello. "Así que ese es tu plan, entregarme para poder ser tú quien se quede con todo. Ser yo cuando muera. No lo conseguirás, porque como antes, esta noche estarás de espectador".
"Vaya, Jaime, tu enfermedad no te ha dejado echar un vistazo a tus párrafos. Es tarde, ya hice de las mías y nada puedes hacer. Todos tus recuerdos ahí, junto a tus miedo y tus hijos. Esos hijos que creaste con el amor al futuro. Me das lástima, eso a lo que siempre temiste hoy es tu mejor obra. No puedes hacer nada. ¡Sólo eres un enfermo que no puede leer!"
"Cállate maldito espíritu de la vida. ¿No puedes ver lo que haces? Atropellaste a tus hermanos, a mis hijos y hasta te pasaste por encima. Tu vida está en esas hojas, ávida de volver a ti. Pero eso ya no va pasar, estás más enfermo que yo. Así no podrás tomar mi vida. Tonto hijo de la melancolía, ahora tu hijos me pertenecen. Esas letras malditas que me clavarías como estocada final ahora son mi escalera. Estoy por arriba de ti; no puedes verme, sólo eres un enfermo sin fuerzas. Anda levanta la cabeza, ¡no puedes! Ahora tomaré tu lugar. Estás muerto".
Cuando intento ponerse en pie sus piernas quebraron. Yo apagué la luz, y la vieja empezó a tientas a buscarme. Era muy rápida, apenas podía moverme para que no me encontrara, pero siempre es difícil moverse con un muerto en la espalda.
Aún me muevo entre la obscuridad, pensando como eludir a esa astuta vieja. No sé que hacer con el párrafo de mis recuerdos. ¿Cómo entregarle a la muerte a quien me ama y a quién tanto detesto? No es posible. Ahora debo cargar con él; recordando que cuando me ofreció caminar juntos le volteé la mano de un golpe. Los muertos en la espalda son pesados, pero son los mejores amigos. Mis recuerdos hoy no me dejan pensar. Pero pronto mis hijos, aquellos que nacieron del pensamiento futuro, me encontraran antes que la vieja. Ellos tienen la respuesta y el mejor plan para engañar hasta la propia vida.
Querido Párrafo del Recuerdo, busquemos tu libro. Que aún nos queda un gran camino que huir y necesitaremos saber quienes somos.
Queridos hijos, crezcan rápido y ayuden a este par de enfermos. Sólo ustedes, que son futuro y presente. Qué vieron mis errores y cuanto les temo; ustedes me enseñarán a enfrentarlos y ponerlos en su tumba de papel, sepultados en tinta. En recuerdos.
Sigo corriendo con un muerto que además está enfermo. Sigo enfermo y corriendo.
