jueves, 23 de febrero de 2012

Bajo las ruedas.

Nada asusta tanto a los profesores como los fenómenos que surgen en el carácter de chicos desarrollados precozmente durante los años, de por sí peligrosos, de la adolescencia.[…] Desde tiempos remotos se ha venido consolidando un profundo abismo entre el gremio de profesores y el genio. Cualquier atisbo de éste que aparezca en un colegio les resulta a los profesores de antemano odioso. Para ellos los geniales son esos chicos traviesos que les faltan al respeto, que empiezan a fumar a los catorce años, se enamoran con quince, van a las tabernas con dieciséis, leen libros prohibidos, escriben redacciones insolentes, miran de vez en cuando al profesor con sorna y acaban en el libro de clase, como rebeldes y candidatos a un arresto. Un maestro de escuela prefiere unos cuantos burros en su clase a un solo chico genial. Y en el fondo tiene razón, porque su deber no es formar espíritus extravagantes, sino buenos latinistas, matemáticos y hombres de provecho. La cuestión sobre quién de los dos sufre más y peores cosas del otro, si el profesor o el alumno, cuál de los dos es más tirano y más verdugo y cuál de los dos estropea y envilece en el otro partes enteras de su alma y su vida no se puede analizar sin pensar con ira y vergüenza en la propia juventud. Pero éste no es nuestro asunto, y tenemos el consuelo de que las heridas cicatrizan en los verdaderamente geniales que se convierten en hombres y crean sus grandes obras a pesar del colegio. Más tarde, cuando ya están muertos y rodeados del agradable nimbo de la lejanía, son presentados por los maestros a las nuevas generaciones como seres magníficos y ejemplares. Así se repite, de colegio en colegio, el espectáculo de la lucha entre sistema y espíritu. Una y otra vez vemos al Estado y al sistema educativo empeñados con saña en arrancar ya de raíz los pocos espíritus profundos y valiosos que aparecen cada año. Y siempre suelen ser estos muchachos odiados por los profesores, castigados, escapados y expulsados los que enriquecen el tesoro de nuestro pueblo. Sin embargo, algunos —¿y quién sabe cuántos?— se consumen en una rebeldía silenciosa y acaban sucumbiendo.



domingo, 12 de febrero de 2012

Recuerdos en la muñeca izquierda de un hombre.

Los recuerdos, esos instantes que nos llevan de aquí para allá y luego nos tiran y nos levantan. Nos quitan y nos ponen. Pensamientos que parecen irse haciendo agua con el tiempo; agua de una lluvia ácida que se estanca y hace todo un cultivo de sueños. Esos parpadeos que con el tiempo se van y olvidamos. ¿Pero por qué no siempre es así? ¿Por qué decidimos darles forma sólida? A mi parecer es nuestro cerebro el que siente la necesidad de estimularse siempre y, entonces, coloca un objeto en algún lugar que aunque no se vea, se sienta, y si no, que se sepa que esté ahí. Algunos ostentosos compran oro para que las personas no los olviden; otros sólo dan un pedazo de plástico, pero no por eso el recuerdo es menos querido. La constante en todo esto no es el material del objeto; es de lo que está hecho el sentimiento. Los sentimientos no están hechos de nada en sí, pero nosotros los mezclamos con algo que les de peso y forma; que se pueda ver. ¿Ver los sentimientos? Qué absurdo, ¿no? Pero no es así cuando decidimos amarrar ese listón en el cabello o rodear nuestra muñeca con esa pulsera.

Listones y cartas.

Cuantas carteras he visto llenas de cartas con esas palabras de aquellas personas especiales. ¡Son como el dinero pero éstas no se gastan! ¡Se quedan y no se van! Jamás se vuelven a leer pero no importa lo que digan, porque los sentimientos no hablan -aunque a veces gritan-, sólo se ven y se sienten. Están ahí, como esperando ser abiertas de nuevo pero no, no somos tontos, ¿quién quiere recordar todo ese amor que ya no está? Uno recuerda ese amor pero no que ya no está, sino que estaba. Porque no somos tontos. ¿Y qué me dicen de esos listones en el cabello? Esos coloridos recuerdos que peinan y despeinan; que más que sujetar el cabello sujetan una idea: un momento. Los porqués y los cuándos son los que le dan sentido al listón.


Recuerdos en la muñeca izquierda. 

La muñeca izquierda siempre es la que mejor guarda los recuerdos. Siempre está ahí, como esperando una oportunidad en este mundo dominado por el otro sentido. Y es que a veces adelante no hay nada más que nada, y eso es lo que el lado izquierdo hace que olvidemos; que veamos todo. Es increíble ver como los sueños se hacen reales cada que se siente ese pedazo de algo ahí, rodeando nuestras muñecas. Como diciendo que no olvidemos, pero también nos niega vivir de nuevo. Es un peligro, porque no estamos atados, es más como que atrapados. Rodeados por ese sentimiento que nos abraza como una madre y no deja que nos lastimemos. ¡No deja que olvidemos para darle lugar a un nuevo recuerdo! ¡Que crueldad! ¿Pero por qué lo hacemos? ¿Por qué nos metemos en ese terreno de desolación? No somos tontos, pero sí distantes de la razón. Preferimos vivir en el onirismo y ver sólo cosas que nos dan calor. Pero a veces también que nos ponen tristes y nos llevan al llanto. ¡Pero es que no somos más que débiles amantes! Amamos todo y con todo. Amamos ese pedacito de algo que nos recuerda a esa persona, ¡pero sin amar a esa persona! ¿Cómo es posible? No lo sé, pero pareciera que es una estupidez, pero más que eso, una trampa. Una horrenda trampa de ese celoso y terrible lado izquierdo. Nos acorrala de ideas y vivimos en ellas. A veces nos quedamos tanto tiempo ahí que olvidamos ir a vivir y seguimos pensando. Atrapados en un recuerdo. ¿Pero romper ese pedacito es la respuesta? Tampoco sé, si eso, sea la solución, pero el miedo tal vez, sólo tal vez, pueda decirnos. Atacándonos con opciones horribles que siempre nos llenan de aventura, que nos llevan a despertar y querer llevar el recuerdo a más que eso, a ser futuro. A ser persona. Esa persona. 


Los recuerdos están ahí y se van. Mueren y se convierten en otros nuevos, aún esos que volvemos sólidos. Pero no hay que olvidar que eso recuerdos, aunque de plástico, son mas duros que el oro y serán crueles, pero no más que el miedo a fallar no vivir. ¡Porque esos recuerdos no huelen! No son para tentarse; son tartufos y celosos.