Tiempo. El tiempo pasa, lo medimos y lo olvidamos. Conocemos y aprendemos.Amanece, todo lo bueno que podemos imaginar: una hoja en blanco. Pasan las horas, se hace tarde y las esperanzas son menos, cada instante hay menos tiempo para llegar al lugar; vamos tarde, tarde para nosotros. Anochece y los sueños se vuelven pesadillas. Nos atormentan. Pasa la noche, es la madrugada, la obscuridad envuelve todo. Olvidamos. Amanece, comienza. Volvemos a empezar...
Días, semanas, meses. Todo el mismo patrón. El sistema envuelve cualquier medida de tiempo que creamos. Nos envuelve un sordo silencio, sí, es un año. Ya un año, una larga mañana; un atardecer melodramático; una noche cruel y, una madrugada muda. Nos olvidamos. Adiós. Te veo, estás enfrente. Soy mudo, tú sorda, sin tacto. No te toco. No me ves. No te siento. ¿Y los sentidos? Es tú corazón, lo escucho mientras estremece el mío, lo aplasta. No soporto, mis oídos van a estallar.
Adiós. El agua corre, nos salpica y despierta. No dormimos. ¿Es un sueño? No te toco. No me sientes.
Hola. Una nueva mañana. Ya no eres tú, no te reconozco. Adiós.
¿Dónde estás? Estás allá. Aquí no hay nadie y estoy solo. Me dejaste. ¿Cuándo? Hace un año.
Ya es tarde, ¿tarde para qué? Conocerte. ¿Quién eres? Hola.
Adiós. El fuego consume, como al cigarrillo de aquella noche, la última noche que nos tocamos. El humo sube, se va, ya no está. Exhala. Un poco más, ahí está de nuevo el humo, nuestro humo. Somos humo, nos divide el aire. Me falta el aire. Me faltas. ¿Dónde estás? Allá.
No te veo. No me ves. No te ves; no me veo, ya casi amanece...
¿Quién eres?
Ahí está el sol. Ahí no estás tú. Hola...
Hola.
¿Y si los sueños se equivocan?
Cuando un sueño se equivoca entonces es real. Cuando un sueño se equivoca es el momento de no perder la imaginación.
martes, 14 de agosto de 2012
sábado, 9 de junio de 2012
Carta a un extraño.
Hola:
Veras, intenté hacer un ensayo sobre personas, sombras y extraños. Un ensayo sobre ti; un poco de mí. Jamás lo terminé y en verdad, jamás lo empecé. Aunque podría empezar por tu rostro, ese que sólo he visto una vez. También de tu voz, esa que cobra vida en cada letra que escribes y que hoy ya no recuerdo. O podría comenzar siendo un poco más precario; darle ese ápice de amor a todas esas cosas que odias. En fin, de lo que odiamos.
"¿Por qué no lo comencé?". Debes preguntarte. O no. Todo iba perfecto, escribía de forma tan maravillosa, como si tu mano guiara la mía; grandes palabras y frases que casi cobran vida. Los detalles eran tan puros y precisos que en un instante ya te hacías tangible y fue eso lo que no me permitió continuar. No fui capaz. Cuando logré verte, sentirte, escucharte tan cerca, tal como lo había escrito antes ya no eras esa extraña silueta en mi corazón.
Tu piel, con ese color tostado de tantas tardes al sol que apenas recuerda ese pálido tono, ese sin color que te cubría y te hacía tan bella. Sí, ya no eras una extraña, por fin nos mirábamos y ya no teníamos nada más que ver. Nada que sentir, siquiera que imaginar. El juego del secreto, el vivaz andar de los pensamientos que dibujaban nuestras siluetas en las sombras ya no existía. Estábamos muertos, uno frente al otro. Oníricamente eramos tan imperfectos que al mirarnos descubrimos que no era así, tú, perfecta y real; yo tan real y perfecto como tú. Como todos. Ya no eramos nada especial, eramos igual a los demás. Iguales. Reales. Perfectos.
Al descubrirnos con tal perfección no había más que desear, lo teníamos todo. Todo en un instante, en esa mirada. Y ya todo lo que sabía de ti era una mentira, me decía que eras una extraña. Lo fuiste un momento, antes de conocerte de principio a fin. No necesitaba verte para conocerte, pero sí para ya no continuar más.
¡Te extraño! Te necesito, a ti, esa figura sin luz, sin pretensiones. Un lienzo sombrío que nunca pueda hacer perfecto como ya te hice. Ahora siento que te debo una disculpa por no prestarte razón o pensamiento, pero tengo que olvidarte para volver a conocerte.
P.D.: Tus ojos y tu cabello siempre serán mejor que los de cualquiera. Tus pensamientos infantiles y tus miedos absurdos; tus piernas, tus labios rosas, aún danzan ese ballet que tanto amas sobre mi pared.
Veras, intenté hacer un ensayo sobre personas, sombras y extraños. Un ensayo sobre ti; un poco de mí. Jamás lo terminé y en verdad, jamás lo empecé. Aunque podría empezar por tu rostro, ese que sólo he visto una vez. También de tu voz, esa que cobra vida en cada letra que escribes y que hoy ya no recuerdo. O podría comenzar siendo un poco más precario; darle ese ápice de amor a todas esas cosas que odias. En fin, de lo que odiamos.
"¿Por qué no lo comencé?". Debes preguntarte. O no. Todo iba perfecto, escribía de forma tan maravillosa, como si tu mano guiara la mía; grandes palabras y frases que casi cobran vida. Los detalles eran tan puros y precisos que en un instante ya te hacías tangible y fue eso lo que no me permitió continuar. No fui capaz. Cuando logré verte, sentirte, escucharte tan cerca, tal como lo había escrito antes ya no eras esa extraña silueta en mi corazón.
Tu piel, con ese color tostado de tantas tardes al sol que apenas recuerda ese pálido tono, ese sin color que te cubría y te hacía tan bella. Sí, ya no eras una extraña, por fin nos mirábamos y ya no teníamos nada más que ver. Nada que sentir, siquiera que imaginar. El juego del secreto, el vivaz andar de los pensamientos que dibujaban nuestras siluetas en las sombras ya no existía. Estábamos muertos, uno frente al otro. Oníricamente eramos tan imperfectos que al mirarnos descubrimos que no era así, tú, perfecta y real; yo tan real y perfecto como tú. Como todos. Ya no eramos nada especial, eramos igual a los demás. Iguales. Reales. Perfectos.
Al descubrirnos con tal perfección no había más que desear, lo teníamos todo. Todo en un instante, en esa mirada. Y ya todo lo que sabía de ti era una mentira, me decía que eras una extraña. Lo fuiste un momento, antes de conocerte de principio a fin. No necesitaba verte para conocerte, pero sí para ya no continuar más.
¡Te extraño! Te necesito, a ti, esa figura sin luz, sin pretensiones. Un lienzo sombrío que nunca pueda hacer perfecto como ya te hice. Ahora siento que te debo una disculpa por no prestarte razón o pensamiento, pero tengo que olvidarte para volver a conocerte.
P.D.: Tus ojos y tu cabello siempre serán mejor que los de cualquiera. Tus pensamientos infantiles y tus miedos absurdos; tus piernas, tus labios rosas, aún danzan ese ballet que tanto amas sobre mi pared.
Tú. Nadie. Nosotros. No se dirá de nuevo.
Te quiere quien no debió conocerte nunca.
jueves, 1 de marzo de 2012
Verdad y Mentira.
En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.
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