A unas horas de mi muerte, miro el vacío y siento como todo cobra sentido. La enfermedad me ataca y no quiero más que ir a descansar; mis ojos se cierran. La obscuridad nunca hizo tanta falta. ¡Tanta luz me mata lentamente! Y es verdad, a la luz, la muerte es más tortuosa y ajena. Ya no podía más con la vida y mucho menos con la muerte que me decía, tranquila en el sillón: "Escribe tu último párrafo".
¿Escribir mi último párrafo? - me dije mirando al espejo- "Pero sí mi mano derecha a penas puede cerrar el puño para maldecir. Muerte, tendré que dictarte". Ella estaba desconcertada y titubeante. No quería, temía que me diera cuenta que no sabía escribir.
-"No lo haré. Es mejor que busques cómo hacerlo".
-"Ya sé que no sabes escribir- le dije- pero yo puedo enseñarte".
-"Eres astuto, le robas tiempo a la vida. Pero yo soy la muerte y no podrás".
-"Entonces dale un poco de vida a mis dedos".
Me tocó y comencé a escribir. Al primer renglón mis dedos estaban fríos y entumidos, así que los froté. La pluma era muy pesada; en realidad no quería morir. La muerte en su rincón seguía mirándome, como esperando un movimiento en falso para levantarse de un golpe y no darme más oportunidades. Ella era muy impaciente y muy necia. No entendía el por qué me daba ese privilegio, el cual no quería. No sabía como usarlo. Estaba confuso en como comenzar; decidí pensar en el título. Pero esta vez no estaba escribiendo por encargo, no podía atener mis letras a un par. Entonces le dije: "Muerte, yo sé que estás esperando que escriba algo fantástico y realmente divino como tú. No podré está noche ni la siguiente. Estoy enfermo, debes entender que los enfermos no sabemos escribir ni leer. No sólo eres divina, Muerte, también estás enferma y por eso no sabes escribir; estás enferma de amor por mí y los que son como yo. Debes dejarnos morir como los locos que decidimos ser; solos como entendimos que debemos vivir. Hoy estás aquí, mientras otros te esperan convalecientes. ¡Ve por esos enfermos que quieren morir para poder leer de nuevo! ¡Ve por esas almas lectoras y deja a nosotros los locos vivir para ellos!".
Me estaba volviendo loco, mi frente estaba ardiendo y el dolor era increíble. Lo que unas horas antes me tenía frenado ahora me mataba: las ideas. Todas ellas queriendo salir al papel; todas empujando y gritándome. No las pude contener, era un ser débil contra ellas, mi mano no obedecía a mí, sino a ellas. Escribí sin parar, un renglón tras otro. Como queriendo terminar pronto; como si ellas sufrieran mi vida por terminar. Fue cuando escuché sus gritos con claridad: "¿No vez a ese pobre enfermo? Es mejor que te hagas a un lado, cursi Párrafo de la Infancia, no podrás vencer a la muerte. Debemos hacerlo con fuerza para que no pueda detenernos. Tenemos un plan, cursi Párrafo de la Infancia, tenemos un plan". Ese, quien comandaba a mis ideas era el Párrafo del Recuerdo. Ese al que nunca le presté ni una linea de mis escritos. Ese párrafo desechado por su fealdad. Él siempre me amo y ahora temo que su plan sea entregarme. ¿Acaso su amor es tanto que me dejará morir con un punto final? ¿Acaso su amor va más allá de la vida y muerte que no le interesa que pase esta noche?
Comencé a reír como un niño. No paraba; la muerte estaba incierta y muy molesta me gritó: "Basta ya, Jaime, no te daré más consentimientos. ¿O es qué no quieres ya escribir? Está bien, eso es lo que quieres te llevaré de una vez con los demás muertos. Allá donde podrás leer lo que nunca escribiste". Sus palabras me dejaron helado. Tenía miedo, jamás pensé que enfrentaría mis temores sin antes engañarlos para poder encerrarlos entre tinta y papel. "Muerte, perdóname, quería engañarte. ¿Pero cómo un simplón escritor te iba engañar? ¡Pero que rayos, soy un hombre con ideas y es momento de que las ponga aquí! No me iré sin escribir mi último párrafo. Pero antes, quiero proponerte un trato. Sin juegos ni trampas: si te gusta mi texto, tú tendrás que llevarme contigo a cuestas por siempre. De aquí a allá; día y noche. Aprendiendo como ser la muerte. ¡Quiero ser esa pesadez! ¡Quiero ser vida! ¡Tu vida, Muerte!". La vieja no sabía que hacer, de nuevo su problema de lectura la tenía contra la pared: "¿Y si no me gusta?", preguntó con voz quebrada. Sabía que esa pregunta vendría, pero no tenía la respuesta. "Entonces me llevarás con los muertos. Pero sería justo que las cosas fueran iguales, ya que yo podría ser tu vida, yo quiero que seas la mía. Ya sé que es imposible, que tú, la reina del llanto de las viudas, pueda ser mi vida, pero es un trato que debes aceptar o todos creerán que sólo eres huesos, sin credibilidad y ya nadie te creerá. Nadie morirá otra vez".
"Pero sí ahí estás traidor", le dije al Párrafo del Recuerdo mientras lo tomaba del cuello. "Así que ese es tu plan, entregarme para poder ser tú quien se quede con todo. Ser yo cuando muera. No lo conseguirás, porque como antes, esta noche estarás de espectador".
"Vaya, Jaime, tu enfermedad no te ha dejado echar un vistazo a tus párrafos. Es tarde, ya hice de las mías y nada puedes hacer. Todos tus recuerdos ahí, junto a tus miedo y tus hijos. Esos hijos que creaste con el amor al futuro. Me das lástima, eso a lo que siempre temiste hoy es tu mejor obra. No puedes hacer nada. ¡Sólo eres un enfermo que no puede leer!"
"Cállate maldito espíritu de la vida. ¿No puedes ver lo que haces? Atropellaste a tus hermanos, a mis hijos y hasta te pasaste por encima. Tu vida está en esas hojas, ávida de volver a ti. Pero eso ya no va pasar, estás más enfermo que yo. Así no podrás tomar mi vida. Tonto hijo de la melancolía, ahora tu hijos me pertenecen. Esas letras malditas que me clavarías como estocada final ahora son mi escalera. Estoy por arriba de ti; no puedes verme, sólo eres un enfermo sin fuerzas. Anda levanta la cabeza, ¡no puedes! Ahora tomaré tu lugar. Estás muerto".
Cuando intento ponerse en pie sus piernas quebraron. Yo apagué la luz, y la vieja empezó a tientas a buscarme. Era muy rápida, apenas podía moverme para que no me encontrara, pero siempre es difícil moverse con un muerto en la espalda.
Aún me muevo entre la obscuridad, pensando como eludir a esa astuta vieja. No sé que hacer con el párrafo de mis recuerdos. ¿Cómo entregarle a la muerte a quien me ama y a quién tanto detesto? No es posible. Ahora debo cargar con él; recordando que cuando me ofreció caminar juntos le volteé la mano de un golpe. Los muertos en la espalda son pesados, pero son los mejores amigos. Mis recuerdos hoy no me dejan pensar. Pero pronto mis hijos, aquellos que nacieron del pensamiento futuro, me encontraran antes que la vieja. Ellos tienen la respuesta y el mejor plan para engañar hasta la propia vida.
Querido Párrafo del Recuerdo, busquemos tu libro. Que aún nos queda un gran camino que huir y necesitaremos saber quienes somos.
Queridos hijos, crezcan rápido y ayuden a este par de enfermos. Sólo ustedes, que son futuro y presente. Qué vieron mis errores y cuanto les temo; ustedes me enseñarán a enfrentarlos y ponerlos en su tumba de papel, sepultados en tinta. En recuerdos.
Sigo corriendo con un muerto que además está enfermo. Sigo enfermo y corriendo.
Cuando un sueño se equivoca entonces es real. Cuando un sueño se equivoca es el momento de no perder la imaginación.
domingo, 27 de noviembre de 2011
miércoles, 19 de octubre de 2011
Colillas: recuerdos en amarillo.
Sus labios sabor amargo, como desluciendo los sentidos: el gusto se pierde y la vista se hace opaca. El humo no deja ver su rostro; apenas el tacto descifra sus mejillas. Sus ojos, aunque no puedo verlos, imagino su obscuro color café. Sus dedos acarician mi cabello. Me está descubriendo también. Trato de hablar pero el humo lo dificulta cerrando mi garganta. Gemidos apenas logro hacer sonar cuando ella comienza la discusión: "¿Te molesta el humo". En verdad sí me molestaba, pero no sabía como lo iba a tomar. Tenía miedo de que se alejara de mí y la platica se tornara hacia el tema del clima -un día nublado como cualquiera en la ciudad- así que preferí mover la cabeza sutilmente sin decir "no" o "sí". No soportaba el humo en mi cara en cada bocanada que a la vez era un tenue "me agradas". Apenas lograba escuchar sus tímidos halagos, miraba sus ojos pero no podía escucharla: estaba encantado. Un exhalo de humo me desencanta.
La vuelvo a ver, salimos juntos: cine y luego una exposición de poesía a la cual nunca llegamos. Nos perdimos en la lluvia buscando refugio, lugar donde estar secos para poder encender su cigarro.
—Aquí se va apagar mi cigarro.
—Tal vez no deberías fumar.
—Sí, uno. La lluvia me pone nerviosa.
—Puedes fumarlo mientras caminamos. Ya vamos tarde.
—Está lloviendo y se apagará.
No fue sólo uno, fueron tres (he de reconocer que nunca había visto a un fumador hacer durar tanto un cigarrillo). Ella lo hacía fácil, uno parecía durar lo de tres o cuatro. Pero no puede detener el tiempo ni hacerlo pasar más lento. Dieron las ocho de la noche de ese sábado, la cita era dos horas antes. Ella reía y no me importaba, estaba molesto y quería sólo llevarla a casa. En realidad, no quería llevarla a casa, sólo quería dejarla ahí, bajo ese techo el cual nos retrasó.
Al día siguiente mi teléfono suena, era ella. Se sentía apenada. En verdad esperaba estar en ese evento y ella lo sabía. Pronunciaba sus disculpas y promesas, no ponía atención, estaba más que enojado. Pronto le pregunté por qué no le interesaba lo que a mí, y ella, de un grito me ordenó —en realidad suplicaba—, que nos viéramos donde la primera vez. Colgó.
No sabía que hacer, no pensaba salir y por lo mismo, no me había duchado. No lo pensé tres veces, tomé dinero y una chamarra. Mojé mi rostro, el cabello y cepillé mis dientes. Salí deprisa y la encontré, como siempre, con un cigarrillo en la mano. Me miró, sus ojos se humedecieron y comenzó a decir cosas, no entendía nada, esta vez no había humo, aún así no entendía nada. Me decía que dejaría de fumar, pero que por favor la perdonara. No sabía que hacer, por un lado eso era lo que más me molestaba, pero me encantaba perderme en su humo mientras ella hablaba sin decir palabra, todo lo comunicaba a través del humo. Era una decisión por demás complicada...
Hace más de una año que debí tomar una decisión. En ese momento no pude y ella desapareció. Hace unas horas llamó para preguntar que había pensado, si la extrañaba. La verdad ya la había casi olvidado. A últimos días ver un cigarrillo ya no era volver a sus recuerdos. Se estaba esfumando. Su voz suena más dulce: es más educada y directa. Dejo el tabaco por mí.
—Hola, ¿me recuerdas? Llamo para saber si ya tienes una respuesta. hace casi un año te quedaste callado.
—Lo sé. No tenía las palabras. Tampoco ahora. Pero si quieres volver está bien.
—No quiero volver, sólo que ahora que deje todo eso, creo que merezco saber.
Estaba paralizado, aún no tenía las palabras. Di vueltas en el tema, pregunté cómo estaba, que planes tenía. Ella desespero y como aquella vez, gritando, imploró una cita. Estaba listo. La encontré y miré sus ojos, más bellos que nunca. Me pidió respuestas: se las di pero igual se marchó. La perdí. Me perdió.
Puedo oler el ácido olor del tabaco; mis ojos lloran por el espesor del humo; mis labios secos, saben amargos. Miro en todas direcciones buscándola. Estiro los brazos al frente intentando tocar más allá de la niebla del cigarro: no está. Se disipa el humo, veo, con la rejilla del ojo, un cigarrillo encendido en mi mano. Era yo, había aprendido a fumar para no olvidarla.
Aprendí a fumar para morir de algo que no sea ella.
Aprendí a fumar para no olvidar sus formas.
Aprendí a fumar para morir como ella. Aprendí a quererla; me hice de sus defectos. Hoy, de ella, sólo me quedan sabores amargos, ceniceros llenos de colillas y mil recuerdos. Manchas y quemaduras que me recuerdan que ya la olvidé.
El amor y la distancia son vicios que nos llevan por caminos desolados que creemos controlar y que nos pierden. Dejarlos es inútil y estúpido. Como el tabaco, se meten en el organismo y nos lastiman no sin antes habernos dado el mayor placer del día. Día con día. Todos hasta nuestra muerte. Muerte debido al vicio. Vicio que nos mantiene vivos. Vivir para ellos y por ellos. Ellos por sus vicios.
La vuelvo a ver, salimos juntos: cine y luego una exposición de poesía a la cual nunca llegamos. Nos perdimos en la lluvia buscando refugio, lugar donde estar secos para poder encender su cigarro.
—Aquí se va apagar mi cigarro.
—Tal vez no deberías fumar.
—Sí, uno. La lluvia me pone nerviosa.
—Puedes fumarlo mientras caminamos. Ya vamos tarde.
—Está lloviendo y se apagará.
No fue sólo uno, fueron tres (he de reconocer que nunca había visto a un fumador hacer durar tanto un cigarrillo). Ella lo hacía fácil, uno parecía durar lo de tres o cuatro. Pero no puede detener el tiempo ni hacerlo pasar más lento. Dieron las ocho de la noche de ese sábado, la cita era dos horas antes. Ella reía y no me importaba, estaba molesto y quería sólo llevarla a casa. En realidad, no quería llevarla a casa, sólo quería dejarla ahí, bajo ese techo el cual nos retrasó.
Al día siguiente mi teléfono suena, era ella. Se sentía apenada. En verdad esperaba estar en ese evento y ella lo sabía. Pronunciaba sus disculpas y promesas, no ponía atención, estaba más que enojado. Pronto le pregunté por qué no le interesaba lo que a mí, y ella, de un grito me ordenó —en realidad suplicaba—, que nos viéramos donde la primera vez. Colgó.
No sabía que hacer, no pensaba salir y por lo mismo, no me había duchado. No lo pensé tres veces, tomé dinero y una chamarra. Mojé mi rostro, el cabello y cepillé mis dientes. Salí deprisa y la encontré, como siempre, con un cigarrillo en la mano. Me miró, sus ojos se humedecieron y comenzó a decir cosas, no entendía nada, esta vez no había humo, aún así no entendía nada. Me decía que dejaría de fumar, pero que por favor la perdonara. No sabía que hacer, por un lado eso era lo que más me molestaba, pero me encantaba perderme en su humo mientras ella hablaba sin decir palabra, todo lo comunicaba a través del humo. Era una decisión por demás complicada...
Hace más de una año que debí tomar una decisión. En ese momento no pude y ella desapareció. Hace unas horas llamó para preguntar que había pensado, si la extrañaba. La verdad ya la había casi olvidado. A últimos días ver un cigarrillo ya no era volver a sus recuerdos. Se estaba esfumando. Su voz suena más dulce: es más educada y directa. Dejo el tabaco por mí.
—Hola, ¿me recuerdas? Llamo para saber si ya tienes una respuesta. hace casi un año te quedaste callado.
—Lo sé. No tenía las palabras. Tampoco ahora. Pero si quieres volver está bien.
—No quiero volver, sólo que ahora que deje todo eso, creo que merezco saber.
Estaba paralizado, aún no tenía las palabras. Di vueltas en el tema, pregunté cómo estaba, que planes tenía. Ella desespero y como aquella vez, gritando, imploró una cita. Estaba listo. La encontré y miré sus ojos, más bellos que nunca. Me pidió respuestas: se las di pero igual se marchó. La perdí. Me perdió.
Puedo oler el ácido olor del tabaco; mis ojos lloran por el espesor del humo; mis labios secos, saben amargos. Miro en todas direcciones buscándola. Estiro los brazos al frente intentando tocar más allá de la niebla del cigarro: no está. Se disipa el humo, veo, con la rejilla del ojo, un cigarrillo encendido en mi mano. Era yo, había aprendido a fumar para no olvidarla.
Aprendí a fumar para morir de algo que no sea ella.
Aprendí a fumar para no olvidar sus formas.
Aprendí a fumar para morir como ella. Aprendí a quererla; me hice de sus defectos. Hoy, de ella, sólo me quedan sabores amargos, ceniceros llenos de colillas y mil recuerdos. Manchas y quemaduras que me recuerdan que ya la olvidé.
El amor y la distancia son vicios que nos llevan por caminos desolados que creemos controlar y que nos pierden. Dejarlos es inútil y estúpido. Como el tabaco, se meten en el organismo y nos lastiman no sin antes habernos dado el mayor placer del día. Día con día. Todos hasta nuestra muerte. Muerte debido al vicio. Vicio que nos mantiene vivos. Vivir para ellos y por ellos. Ellos por sus vicios.
martes, 27 de septiembre de 2011
La soledad como proyecto.
Estar solo no siempre lleva a la locura. No sí vemos a la locura como un estado mental malo. En verdad, estar loco es conocerse mejor y tener conciencia de lo horribles que somos. El temor a conocernos nos lleva a encontrar amigos, pareja y familia. Estar con personas detestables es una elección que tenemos a bien y mal tomar, es decir, casi siempre nos alejamos de ellas porque nos parecen extrañas; nos acercamos porque necesitamos cosas que sólo la gente extraña puede hacer: talentos. Muchas de las peores personas han llegado a ser lo mejor en el mundo, sobresalir: políticos, músicos, pintores, escritores... Ellos pasaron la mejor parte de su vida odiándose por su soledad. Estaban solos y se alejaban cada vez más.
La soledad siempre acompaña a las personas en sus mejores etapas. Estar solo no lo es: no podemos alejarnos de nosotros mismos y es por eso que, tenemos que entendernos y prosperar. Evolucionamos en una forma distinta a todos aquellos que van de la mano de quien aman; de los que ríen con sus amigos: el amor y felicidad vienen de sí mismo y no de otros. ¿Independencia emocional? No. O sí, me explico. No lo es porque somos entes sensibles y estamos ligados a los sentimientos, no dejamos de sentir y movemos nuestros mundos respecto a ellos. Sí en el sentido de que no dependemos emocionalmente de otros: un sentido ambiguo del acto. El sentir y la emoción muchas veces son cosas diferentes -sentimos emoción- pero en este caso, las usaré como sinónimos. Crear ilusiones, risas y tristezas es trabajo duro que otros pueden hacerlo. La función humana es muy compleja, pero es evidente que la facultad de servir emocionalmente a los demás es lo más fácil que hacemos, no así con uno mismo. La razón por la que no aceptamos la soledad se debe -lo pienso y vivo- a que pensamos que nos volveremos locos; seres dementes incapaces de sentir.
Amor propio.
Amor propio es la facultad para respetarnos y aceptarnos como somos ante los demás. Esta cualidad no se presenta frente a nosotros mismos. El caso del espejo es evidente muestra de que el "amor propio" no existe, ya que siempre cambiamos o retocamos algo en nosotros; vemos errores que intentamos minimizar con virtudes estéticas.
Locura y bondad.
Ante la soledad -virtud que elegimos para odiarnos- nos hacemos fuertes, nos resistimos y buscamos compañía que no obtenemos. No hay más, sólo nosotros y el "yo": nuestro yo. Conversamos e imaginamos situaciones que vivimos con conocidos. La experiencia nos ayuda a encontrar en la imaginación momentos de risa y gozo. El anhelo de los demás, nos hace llorar. Algunos incluso amamos en las sombras de nuestro onírico "yo". Es ahí, cuando empezamos a sentir que la locura llega no para acompañar, sino para ser otro "yo". La lucidez se pierde, las sombras de nuestras manos son nuevos amigos; los cabellos en la almohada personas que tal vez vimos en un parque. La almohada nuestro mejor amigo, pero también la amante perfecta o el enemigo a vencer. Ya no somos lo que éramos, el espejo ya no muestra imperfectos ni virtudes: ya no hay nadie. La soledad no es la ausencia de toda compañía, es la sucesión de todos por el "todos los yo". Nos volvemos mejores personas ya que la víctima siempre es un "yo" atacado por los demás. Nuestra bondad ya no es ese comportamiento social que tenemos que seguir de vez en cuando para obtener algo, no, ahora es una sombra que nos sigue: sonrisa honesta.
La soledad, las ruinas y la compañía.
Una vez que se está solo ya no se deja de estarlo. Simple, aprendemos a gustar de fabricar nuestro sentir. Eso no quiere decir que dejemos a todos detrás sino que ahora no los acompañamos los sentimos. Empatía que al final son las ruinas de una soledad majestuosa que nos dividió para luego hacernos fuertes. Ahora, las personas nos acompañan y les sonreímos con verdadera emoción. Ya no lastimamos porque no estamos. Estamos solos entre un mar de gente que nos mira y acompaña: no nos interesa. Necesitamos un compañero de forma vital, pero no para sacarnos de la soledad, sino para ver nuestra soledad. Todos somos compañeros y solitarios. Siempre vamos acompañando.
Es por eso, que estar solos nos enseña a amar, sonreír, llorar y perdonar. Nos da las lecciones de vida. Es el libro de texto del destino. El borrador de una película de horror y comedía que siempre termina en trágico final feliz.
La soledad siempre acompaña a las personas en sus mejores etapas. Estar solo no lo es: no podemos alejarnos de nosotros mismos y es por eso que, tenemos que entendernos y prosperar. Evolucionamos en una forma distinta a todos aquellos que van de la mano de quien aman; de los que ríen con sus amigos: el amor y felicidad vienen de sí mismo y no de otros. ¿Independencia emocional? No. O sí, me explico. No lo es porque somos entes sensibles y estamos ligados a los sentimientos, no dejamos de sentir y movemos nuestros mundos respecto a ellos. Sí en el sentido de que no dependemos emocionalmente de otros: un sentido ambiguo del acto. El sentir y la emoción muchas veces son cosas diferentes -sentimos emoción- pero en este caso, las usaré como sinónimos. Crear ilusiones, risas y tristezas es trabajo duro que otros pueden hacerlo. La función humana es muy compleja, pero es evidente que la facultad de servir emocionalmente a los demás es lo más fácil que hacemos, no así con uno mismo. La razón por la que no aceptamos la soledad se debe -lo pienso y vivo- a que pensamos que nos volveremos locos; seres dementes incapaces de sentir.
Amor propio.
Amor propio es la facultad para respetarnos y aceptarnos como somos ante los demás. Esta cualidad no se presenta frente a nosotros mismos. El caso del espejo es evidente muestra de que el "amor propio" no existe, ya que siempre cambiamos o retocamos algo en nosotros; vemos errores que intentamos minimizar con virtudes estéticas.
Locura y bondad.
Ante la soledad -virtud que elegimos para odiarnos- nos hacemos fuertes, nos resistimos y buscamos compañía que no obtenemos. No hay más, sólo nosotros y el "yo": nuestro yo. Conversamos e imaginamos situaciones que vivimos con conocidos. La experiencia nos ayuda a encontrar en la imaginación momentos de risa y gozo. El anhelo de los demás, nos hace llorar. Algunos incluso amamos en las sombras de nuestro onírico "yo". Es ahí, cuando empezamos a sentir que la locura llega no para acompañar, sino para ser otro "yo". La lucidez se pierde, las sombras de nuestras manos son nuevos amigos; los cabellos en la almohada personas que tal vez vimos en un parque. La almohada nuestro mejor amigo, pero también la amante perfecta o el enemigo a vencer. Ya no somos lo que éramos, el espejo ya no muestra imperfectos ni virtudes: ya no hay nadie. La soledad no es la ausencia de toda compañía, es la sucesión de todos por el "todos los yo". Nos volvemos mejores personas ya que la víctima siempre es un "yo" atacado por los demás. Nuestra bondad ya no es ese comportamiento social que tenemos que seguir de vez en cuando para obtener algo, no, ahora es una sombra que nos sigue: sonrisa honesta.
La soledad, las ruinas y la compañía.
Una vez que se está solo ya no se deja de estarlo. Simple, aprendemos a gustar de fabricar nuestro sentir. Eso no quiere decir que dejemos a todos detrás sino que ahora no los acompañamos los sentimos. Empatía que al final son las ruinas de una soledad majestuosa que nos dividió para luego hacernos fuertes. Ahora, las personas nos acompañan y les sonreímos con verdadera emoción. Ya no lastimamos porque no estamos. Estamos solos entre un mar de gente que nos mira y acompaña: no nos interesa. Necesitamos un compañero de forma vital, pero no para sacarnos de la soledad, sino para ver nuestra soledad. Todos somos compañeros y solitarios. Siempre vamos acompañando.
Es por eso, que estar solos nos enseña a amar, sonreír, llorar y perdonar. Nos da las lecciones de vida. Es el libro de texto del destino. El borrador de una película de horror y comedía que siempre termina en trágico final feliz.
lunes, 19 de septiembre de 2011
Imaginación: contaminación del sentir.
A veces empezar con lo desconocido va más allá del principio onírico: sueños; anhelos. Es decir, se concentra no sólo en imaginar y suspirar en cada oportunidad, sino, en la posibilidad de que las cosas pasen y, más importante: que no pasen. Cumplir sueños es la repentina muerte a la que intentamos ir, la que pensamos será una mejor "vida". Un sueño se presenta como eso, rara vez como un objeto. Soñar no es imaginar, no: es sentir de verdad. La realidad nos mueve a sentir con ciertos patrones que de niños aprendimos, patrones que intentamos cambiar para ser felices y entonces queremos soñar. No es raro que al no saber soñar se imagine. Imaginar es crear sentimientos que nos gustaría enfrentar: amor, felicidad, dicha. Entrar el onirismo es más fácil, no hay necesidad de trabajar para "crear" o sentir; los sentimientos nos enfrentan. Enfrentar un sentimiento no es posible hacerlo en nuestras vidas -aquellas que vemos con los ojos- porque no sabemos; nadie sabe. Quien de verdad ha soñado no despierta y aprende a sentir. Incluso, cuando se está despierto se está soñando y sintiendo. Soñar sin sentir no es posible: imaginar sentimientos es imposible. ¿Para qué aprender a sentir? Para sumergirnos en una densidad de lagrimas que no nos libera. Sí, lagrimas, llorar al contrario de sonreír no es un acto automatizado. No es algo que se enseña: se siente. Sonreímos por amabilidad o educación; lloramos porqué sentimos. Reír como la ausencia de tristeza. Reír para no llorar, no sentir. Llorar de felicidad es como llorar de impotencia o emoción: manifestación de sentimientos. Un sueño nunca es bueno y a menudo lo llamamos pesadilla. Es imposible sonreír ante una sensación porque no se puede sentir un dogma.
El amor y los celos.
A veces, empezar con lo desconocido va más allá del principio onírico: sufrir; querer. Es decir, imaginar el amor es tan posible que lo hacemos todo el tiempo: amamos la comida, el día, una canción, una persona. Nos enamoramos a cada instante. Formulas químicas se encargan de perpetuar tal ficción, de volvernos presas de nuestra imaginación. No estamos sintiendo el amor, sino gozando la ilusión. El amor existe y es tan real como todos; como los celos. El amor como sentimiento se acompaña de todo menos risas. En enamoramiento se basa en eso, en sonreír en cada suspiro: suspirar. Pero amar, realmente se convierte en un sueño y no por ser inalcanzable. Se hace sueño porque no sabemos sentir.
Amar a alguien y saberse amado genera risas y felicidad, actos opuestos. Amar y sentirse amado provoca paz. La paz al igual que el llanto es un reflejo de los sentimientos. Una causa. Cada sentimiento lleva a sentirse en paz o a llorar, el amor no: el amor es paz. El amor como sentimiento es intolerante; como causa es todo. Digo que es intolerante porque amar no permite estar feliz o triste; cansado o enojado, sólo permite sentir amor. El amor como un todo es diferente: nos alegra y deprime; nos molesta y emociona. Un todo de sentimientos que hacen paz al ser tan armónico y perfecto.
Los celos no son otra cosa más que el "antídoto" al amor imaginario. Al contrario del amor -no como némesis, sino como un amigo- impacienta y molesta. Rabia y desconsuelo. Sentir que se pierde algo imaginario es lo más estúpido: no pierdes lo que no existe. A todos nos han robado el "amor" y lloramos. ¿Por qué lloramos al perder algo imaginario? No es en sí la pérdida, son los sentimientos -el sentimiento: celos- que se reflejan. No sentir celos quiere decir que no se está enamorado; pero no dice que se siente amor.
El sueño cómo forma de vida.
Este es un tema no muy largo. Se puede vivir soñando y sintiendo en cada respirar, pero tiene sus consecuencias: no estar listo. Nadie nos enseña a sentir, a estar en paz. Claro, nadie puede saberlo, lógico que al iniciar se comienza llorando ante cualquier sentir. El error más grande es comenzar la aventura del lado del amor, ya que no nos dará paz, nos traerá problemas y los enfrentaremos con la imaginación. Sí. Imaginación que se romperá con los celos en un vaivén de mentiras e ilusiones.
Hablar del amor es más fácil cuando no se conoce. Hablar de los celos sólo se puede mientras se encuentra en ese vórtice. Ese tránsito entre el amor y la mentira: máscaras.
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