miércoles, 19 de octubre de 2011

Colillas: recuerdos en amarillo.

    Sus labios sabor amargo, como desluciendo los sentidos: el gusto se pierde y la vista se hace opaca. El humo no deja ver su rostro; apenas el tacto descifra sus mejillas. Sus ojos, aunque no puedo verlos, imagino su obscuro color café. Sus dedos acarician mi cabello. Me está descubriendo también. Trato de hablar pero el humo lo dificulta cerrando mi garganta. Gemidos apenas logro hacer sonar cuando ella comienza la discusión: "¿Te molesta el humo". En verdad sí me molestaba, pero no sabía como lo iba a tomar. Tenía miedo de que se alejara de mí y la platica se tornara hacia el tema del clima -un día nublado como cualquiera en la ciudad- así que preferí mover la cabeza sutilmente sin decir "no" o "sí". No soportaba el humo en mi cara en cada bocanada que a la vez era un tenue "me agradas". Apenas lograba escuchar sus tímidos halagos, miraba sus ojos pero no podía escucharla: estaba encantado. Un exhalo de humo me desencanta.

La vuelvo a ver, salimos juntos: cine y luego una exposición de poesía a la cual nunca llegamos. Nos perdimos en la lluvia buscando refugio, lugar donde estar secos para poder encender su cigarro.

—Aquí se va apagar mi cigarro.
—Tal vez no deberías fumar.
—Sí, uno. La lluvia me pone nerviosa.
—Puedes fumarlo mientras caminamos. Ya vamos tarde.
—Está lloviendo y se apagará.

No fue sólo uno, fueron tres (he de reconocer que nunca había visto a un fumador hacer durar tanto un cigarrillo). Ella lo hacía fácil, uno parecía durar lo de tres o cuatro. Pero no puede detener el tiempo ni hacerlo pasar más lento. Dieron las ocho de la noche de ese sábado, la cita era dos horas antes. Ella reía y no me importaba, estaba molesto y quería sólo llevarla a casa. En realidad, no quería llevarla a casa, sólo quería dejarla ahí, bajo ese techo el cual nos retrasó.

Al día siguiente mi teléfono suena, era ella. Se sentía apenada. En verdad esperaba estar en ese evento y ella lo sabía. Pronunciaba sus disculpas y promesas, no ponía atención, estaba más que enojado. Pronto le pregunté por qué no le interesaba lo que a mí, y ella, de un grito me ordenó —en realidad suplicaba—, que nos viéramos donde la primera vez. Colgó.

No sabía que hacer, no pensaba salir y por lo mismo, no me había duchado. No lo pensé tres veces, tomé dinero y una chamarra. Mojé mi rostro, el cabello y cepillé mis dientes. Salí deprisa y la encontré, como siempre, con un cigarrillo en la mano. Me miró, sus ojos se humedecieron y comenzó a decir cosas, no entendía nada, esta vez no había humo, aún así no entendía nada. Me decía que dejaría de fumar, pero que por favor la perdonara. No sabía que hacer, por un lado eso era lo que más me molestaba, pero me encantaba perderme en su humo mientras ella hablaba sin decir palabra, todo lo comunicaba a través del humo. Era una decisión por demás complicada...

   Hace más de una año que debí tomar una decisión. En ese momento no pude y ella desapareció. Hace unas horas llamó para preguntar que había pensado, si la extrañaba. La verdad ya la había casi olvidado. A últimos días ver un cigarrillo ya no era volver a sus recuerdos. Se estaba esfumando. Su voz suena más dulce: es más educada y directa. Dejo el tabaco por mí.

—Hola, ¿me recuerdas? Llamo para saber si ya tienes una respuesta. hace casi un año te quedaste callado.
—Lo sé. No tenía las palabras. Tampoco ahora. Pero si quieres volver está bien.
—No quiero volver, sólo que ahora que deje todo eso, creo que merezco saber.

Estaba paralizado, aún no tenía las palabras. Di vueltas en el tema, pregunté cómo estaba, que planes tenía. Ella desespero y como aquella vez, gritando, imploró una cita. Estaba listo. La encontré y miré sus ojos, más bellos que nunca. Me pidió respuestas: se las di pero igual se marchó. La perdí. Me perdió.

Puedo oler el ácido olor del tabaco; mis ojos lloran por el espesor del humo; mis labios secos, saben amargos. Miro en todas direcciones buscándola. Estiro los brazos al frente intentando tocar más allá de la niebla del cigarro: no está. Se disipa el humo, veo, con la rejilla del ojo, un cigarrillo encendido en mi mano. Era yo, había aprendido a fumar para no olvidarla.

Aprendí a fumar para morir de algo que no sea ella.

Aprendí a fumar para no olvidar sus formas.

Aprendí a fumar para morir como ella. Aprendí a quererla; me hice de sus defectos. Hoy, de ella, sólo me quedan sabores amargos, ceniceros llenos de colillas y mil recuerdos. Manchas y quemaduras que me recuerdan que ya la olvidé.

El amor y la distancia son vicios que nos llevan por caminos desolados que creemos controlar y que nos pierden. Dejarlos es inútil y estúpido. Como el tabaco, se meten en el organismo y nos lastiman no sin antes habernos dado el mayor placer del día. Día con día. Todos hasta nuestra muerte. Muerte debido al vicio. Vicio que nos mantiene vivos. Vivir para ellos y por ellos. Ellos por sus vicios.



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